Hace un año y tres días que no suena la música en la sala Razzmatazz de Barcelona. Un año y diez días desde la última vez que el autor de este artículo asistió allí a un concierto. Milagrosamente, la sala sobrevive a esta travesía por el desierto provocada por la pandemia y mantiene vivo su espíritu.

Con la esperanza de que el cierre forzado pronto llegará a su fin, la mítica sala del Poblenou barcelonés ha publicado un vídeo que sirve de aliento para sus fieles, pero que a la vez nos pone los dientes largos esperando la luz al final del túnel.

Un largo año en el que, como bien titula El Periódico en su artículo al respecto, el espíritu de Razzmatazz lleva bailando solo.

“El espíritu de Razzmatazz: un año bailando solo”

Lejos de un planteamiento funesto y pesimista, Razzmatazz ha querido montar un vídeo en tono amable que represente el vacío de la sala. Y el silencio.

Literalmente vemos a un espíritu, sábana blanca encima incluida, paseándose por las instalaciones del recinto. Por sus múltiples salas, por los backstages, las barras, el guardarropa, el fotomatón o las míticas escaleras interiores.

Desesperado, echa en falta no solo la música, sino también a la gente que habitualmente poblaba todos esos espacios. En contraposición, los últimos segundos del metraje muestran imágenes de Razzmatazz en todo su esplendor, recordándonos lo bonito que era verla así.

Con este vídeo la sala vuelve a reivindicar que la cultura es segura y, de paso, manda un mensaje esperanzador a su público. Más pronto que tarde dejaremos atrás este calvario llamado “nueva normalidad” que, todavía a día de hoy, excluye actuaciones en vivo como merecen ser disfrutadas. Es decir: con las personas bien pegadas a otras personas, sudando, riendo, bailando; viviendo la música al 200%.

Razzmatazz Barcelona: una segunda casa para muchos

Resulta difícil describir qué simboliza un lugar como Razzmatazz para la gente. Muchos habrán crecido en su interior, otros tendrán recuerdos imborrables vividos dentro; y la mayoría habrán cumplido su sueño de ver a X banda por primera vez sobre sus escenarios.

Para mí, durante los últimos diez años, ha sido una segunda casa y, en cierto modo, una primera oficina. Desde el primer concierto al que asistí, de Architecture in Helsinki en 2011, al último, de Ghostmane, es uno de los principales lugares donde he practicado mi oficio de escribir sobre música.

En mi memoria son imborrables muchos recuerdos. Aquel b2b de James Blake y Jamie xx o esa primera vez que vi a Thom Yorke (presentando su proyecto Atoms for Peace) embutido entre el gentío. O la noche que unos ya estelares Arcade Fire tuvieron a bien volver a una sala, ESTA, para hacernos vibrar como nunca.

Y Foals, y Caribou, y Future Islands, o Angel Olsen -actuación para la que hicimos una crónica en OCIMAG-, en una de las últimas noches que pude ir. O esa ultimísima en la que vi a Ghostmane, y en la que hablé de cuatro chorradas de trabajo con Joan S. Luna, redactor jefe de Mondosonoro, ignorando que no volveríamos, de momento, en los siguientes 12 meses.

Porque eso es la sala Razzmatazz de Barcelona para mí: una casa, un lugar donde cumplir sueños; pero también una oficina, el lugar de (re)unión con mis compañeros del sector. Pronto volveremos. Pronto…

www.salarazzmatazz.com

Razzmatazz Barcelona

Texto: Pablo Luna

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