Kelly Lee Owens

A Kelly Lee Owens la crisis del Coronavirus le pilló en el peor momento posible, un par de semanas antes de que su segundo disco llegara a las tiendas y a punto de comenzar una ambiciosa gira internacional, con varias decenas de fechas en el calendario. Tuvo que cancelarlo todo y, mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor, se plantó en Oslo, para intentar ordenar las ideas y decidir qué hacer con su vida a partir de ese momento.

Como la cabra siempre tira al monte, Kelly Lee Owens entró en contacto con los músicos locales y congenió con Lasse Marhaug, un viejo conocido de la escena experimental europea. Con su ayuda, ha dado forma a un tercer disco, “LP.8” (Smalltown Supersound, 2022), mucho más crudo y experimental que los anteriores, pero también más íntimo y delicado.

Un raro equilibrio entre opuestos, un viaje hacia territorios poco explorados por ella, que salta de la fiereza industrial al ambient luminoso sin solución de continuidad. Su publicación coincide con un momento dulce para esta pequeña galesa, que ha recibido el Welsh Music Prize. Kelly Lee Owens trabaja en varios encargos internacionales y acaba de embarcarse en una nueva gira, que tendrá dos paradas en nuestro país esta semana: el día 8 en el festival Bilbao BBK Live, y el día 9 en Razzmatazz Barcelona.

Kelly Lee Owens: “Cogí el último vuelo a Oslo antes de que cerraran las fronteras”

Para la mayoría de los músicos, la crisis del Coronavirus supuso tiempos duros. En tu caso, sin embargo, sería más apropiado calificarlos como dramáticos: la pandemia obligó a retrasar la publicación de tu segundo disco, “Inner song”, y tuviste que cancelar la promoción y la gira que tenías preparadas. ¿Cómo se supera algo así?

Sin duda, fue el más dramático de los tiempos. Parar en seco después de haber trabajado durante tantos meses, justo cuando todo iba a ver la luz, supuso una frustración muy grande. Sobre todo, porque no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

La sensación de haberme esforzado en vano me consumía, por no hablar de los problemas económicos añadidos, ya que sin giras y sin tiendas de discos abiertas ni yo ni el sello podíamos recuperar el dinero invertido. Por eso, suelo decir que lo que a mí me quitó la pandemia fue la ilusión.

Lo que me sorprende es que, con tantas cosas en contra, decidieras viajar a Oslo en plena cuarentena para grabar un nuevo disco.

Te he dicho antes que la pandemia me quitó la ilusión, pero lo cierto es que también me quitó la casa en la que vivía. Una casa en la que había pasado cuatro años maravillosos y en la que había escrito las canciones de mis discos; una casa llena de buenos recuerdos, que me vi obligada a abandonar prácticamente de un día para otro.

Todo en medio de una pandemia y con un confinamiento a la vuelta de la esquina. Desde mi sello, Smalltown Supersound, me dijeron que me fuera con ellos a Oslo una temporada, mientras ponía en orden mis ideas y encontraba otra casa en Londres. Cogí el último vuelo antes de que cerraran las fronteras. Y estuve a punto de perderlo, casi me quedo en tierra.

En el paraíso de los sintetizadores

Imagino que fueron también ellos quienes te pusieron en contacto con Lasse Marhaug. Confieso que me parece una combinación curiosa, porque Marhaug viene del noise y la música improvisada, un entorno que parece bastante alejado de la música que tú haces.

Nunca antes había conocido a un artista de noise, así que llegué a su casa cargada de prejuicios: imaginaba a una especie de ermitaño, un tipo hosco y huraño, metido en su propia burbuja. Pero Lasse es todo lo contrario, es una persona muy amable y atenta, que se preocupó en todo momento de que estuviera a gusto. Y luego tiene todos esos sintetizadores y cajas de ritmos en su estudio, preparados para tocar en cualquier momento. Aquello es como estar en el cielo.

Comparado con tus dos discos anteriores, “LP.8” resulta mucho más crudo y orgánico. ¿Cómo fue la grabación? ¿Hubo mucha improvisación, o tenías las ideas claras desde el principio?

A la hora de producir soy muy meticulosa y obsesiva, pero es difícil actuar así cuando estás en el estudio con alguien como Lasse, que no tiene miedo de probar cosas ni de equivocarse durante el proceso. Así que tuve que aparcar mi ego y dejarme llevar por la situación. Por ejemplo, el primer día me senté en el suelo, con un sintetizador entre las piernas, y me puse a tocar mientras él hacía su magia. Cuando me di cuenta, habían pasado varias horas.

¿Cuál fue entonces el papel de Marhaug en todo el proceso? ¿Actuó como un productor, o también participó en la composición y grabación?

Más que un productor, creo que hizo el papel de facilitador. Por supuesto, se encargaba de grabarlo todo y de que todos los instrumentos funcionaran cuando hacía falta. Además, es muy rápido programando cajas de ritmos y manejando sintetizadores modulares, algo de mucha ayuda a la hora de plasmar ideas.

Pero por otro lado, me empujaba constantemente a cambiar mi manera de trabajar y comprobar qué sucedía cuando pisaba terreno poco conocido. Es algo que puede resultar muy complicado para alguien como yo, una auténtica obsesa del control, pero que con su ayuda parecía muy sencillo. ¿Sabes cuáles eran mis momentos favoritos? Cuando tomábamos café a las ocho de la mañana, antes de ponernos a trabajar, y charlábamos sobre lo que íbamos a hacer ese día.

Un número mágico para Kelly Lee Owens

Cuando escuché por primera vez el disco, me sorprendió mucho cómo empieza, con un ritmo muy agresivo y sincopado, que se va desvaneciendo poco a poco. ¿No te asusta tomar ese tipo de riesgos en estos tiempos de Spotify, en el que los oyentes no dan más que unos segundos de oportunidad a una canción o un disco?

Es algo que me sucedió con los dos discos anteriores, me pasé semanas decidiendo si era mejor colocar las canciones más asequibles al principio, para enganchar a los oyentes desde el primer momento. Pero en este caso, Lasse no me dio ninguna opción: él tenía claro que el disco cuenta una historia, que de algún modo es el resultado de un viaje en el que me había embarcado, y que las canciones tenían que organizarse de acuerdo a esa línea temporal. Y me alegro de haberle hecho caso; escuchar el disco es como entrar en una máquina del tiempo, que me devuelve a esos días felices.

¿Por qué le has puesto ese título, “LP.8”? Si no he hecho mal las cuentas, se trata de tu tercer disco.

Existen muchas razones, pero la principal es que el ocho es mi número de la suerte, tengo una relación mágica con él. ¿Ves este tatuaje en mi brazo? Mucha gente piensa que es el símbolo del infinito, pero en realidad es el número ocho. Nací en el octavo mes de 1988, estuve ocho días en el estudio de Lasse, y cuando nos pusimos a escuchar el resultado, descubrimos que habíamos grabado ochenta minutos y ocho segundos de música. No te engaño.

Desde Gales con amor

Aparte de la publicación de tu disco, hay más noticias buenas a tu alrededor. La primera es que hace unos meses te concedieron el Welsh Music Prize. Es algo que me sorprende; en España sería imposible que le dieran un premio como ese a una artista de pop tan joven.

Imagino que Gales es diferente. Es un país pequeño y pobre, en el que mucha gente se siente engañada y explotada. Y quizás por eso, hay un curioso sentimiento de patriotismo, una solidaridad entre los que provenimos de allí que desaparece con la distancia. Si dos galeses se encuentran en el extranjero, puedes estar seguro de que se pasarán toda la noche hablando de Gales.

A mí no me da vergüenza reconocer esas raíces, en “LP.8” hay muchas referencias a música tradicional galesa, y una fuerte influencia de Enya, entre otros artistas. Así que, para alguien como yo, de clase obrera y que viene de un pueblo pequeño, que ha tenido que trabajar durante más de diez años en tiendas de discos antes de poder dedicarse por completo a la música, se trata de un reconocimiento con muchísimo valor.

Entonces, imagino que trabajar con John Cale, que colaboró en una de las canciones de “Inner Song”, sería algo parecido a un sueño hecho realidad.

Me enteré de que compartíamos agente en Estados Unidos, y decidí preguntar si estaría interesado en una colaboración. Para mi sorpresa, aceptó, y de repente me vi produciendo una canción junto a uno de mis productores favoritos.

Luego tuve una pequeña crisis, porque al trabajar en la canción noté que tenía que manipular y recortar las voces que había grabado John. Estaba muerta de miedo, pero me dijo que le gustaba mucho el resultado, que era mejor que el original y que lo publicara sin miedo. Es todo un caballero.

De camino al mundial

La otra noticia buena es que has escrito el himno del próximo Mundial Femenino de Fútbol de la FIFA. He escuchado la canción, “Unity”, y es una pieza inusual, al menos comparada con el resto de tus producciones: épica, luminosa, acelerada. ¿Cómo has conseguido que te encarguen algo así?

Fue mi agente la que se enteró de que buscaban a una mujer para componer ese himno. Al principio pensé que me estaba tomando el pelo, ¿qué diablos sabía yo sobre fútbol? Pero en la FIFA estaban convencidos de que yo era perfecta, y que representaba los valores en los que estaban interesados. Ha sido un trabajo muy interesante, diferente por completo a lo que estoy acostumbrada.

Tuvimos muchas reuniones en las que explicaban lo que querían: algo que reflejara la fisicidad del fútbol, el movimiento continuo y la manera en que se juega ese deporte, pero también la euforia de los espectadores. Me pidieron algo épico y emotivo, y yo además quería que, de algún modo, se pudiera bailar. Por suerte, acababa de grabar “Luminous space”, un maxi que hice a medias con John Hopkins, que tenía muchos puntos en común con el encargo, así que la mitad del camino ya estaba recorrido.

También se acaba de publicar “Chaos energy”, tu nueva colaboración con Daniel Avery. Que cantes en sus discos se ha convertido ya en una tradición. ¿Cómo surgió esta relación?

Daniel es una persona muy importante para mí. La primera canción en la que colaboramos, “Drone logic”, se convirtió en un gran éxito, y eso me abrió muchas puertas. La verdad es que fui a grabarla con mucha desconfianza: los miraba a él y a sus amigos y pensaba “ah, sí, estos chicos con su música de baile, nada demasiado serio”.

Pero como siempre, mis prejuicios no tenían nada que ver con la realidad. Daniel, James Greenwood, Erol Alkan, todos han cuidado de mí y me han ayudado en mi carrera, incluso me han enseñado a producir utilizando instrumentos analógicos. Forman una comunidad estupenda, y me encanta ser parte de ella. Me encantaba también que Andrew Weatherall fuera nuestro padrino. Cuando lo conocí y me confesó que tenía mis discos, que le gustaban mucho, casi lloro de la emoción. Le echo mucho de menos.

www.kellyleeowens.com

Entrevista: Vidal Romero

 

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