Cambiando una vez más de estrategia, la noche inaugural de la vigesimocuarta edición del festival Sónar se trasladó del jueves al miércoles y del colosal megarecinto del Sónar de Noche al siempre evocador y envolvente SonarHall, un escenario ligado a la programación diurna y con merecida fama de dar cancha a las propuestas más radicales e interesantes de cada edición. Así, en un ambiente difuso entre fiesta y experimentación, la “sesión” de cuatro horas de Björk no fue un DJ set al uso y tuvo todo el sentido como discurso musical, como conferencia práctica, como confesión con las manos en la masa de lo que motiva a Björk, de “escucha este tema”, de cinta más o menos apresurada, en este caso con el muy amateur software Garage Band como ella misma confesó previamente, que te prepara un amigo para que escuchando la música que le gusta le conozcas un poco más. De existir un manual de lo que un DJ nunca debe hacer en una fiesta, la islandesa Björk Gudmunsdottir lo cumplió punto por punto. Su imposible vestido blanco con máscara y sombrero a juego, una mezcla desopilante entre La Dama del Paraguas del barcelonés Parc de la Ciutadella y El Hombre Invisible de James Whale, que parecía envolverla más que vestirla atrajo e hipnotizó las miradas de todos, distrayéndonos de la música. Quizás el vestido pretendía transformar a Björk en un icono anonimizado, deshumanizado, neutro, un puntero blanco entre una selva digital (y real) de plantas sobre el escenario. Su posición semioculta en el foso que la situaba a la altura del público (no por encima) parecía reforzar la hipótesis de su pretendida discreción y falta de protagonismo: no debíamos “ver” a Björk, no era eso lo importante. Como ya había avanzado en la entrevista-conferencia de esa misma tarde en el SonarComplex con motivo de la inauguración de la exposición Björk Digital en el CCCB “no intento ser la que mejor pincha sino compartir un viaje a través de mi librería de canciones”.

 

Y vaya viaje. Pese a su siempre comprometida relación con las últimas innovaciones tecnológicas y digitales, es sabida la querencia de la islandesa por la música vocal: la voz humana como sublimación de la emoción que toda música es capaz de contener. Así, durante la sesión la voz humana tuvo especial protagonismo, pero especialmente a lo largo de la primera hora, en la que enlazó (aunque esa no sea la palabra más exacta) canciones prácticamente a cappella sobre un fondo de piano y unos pajarillos que le dieron un tono un poco demasiado balearic a la cosa. Daba igual: Kate Bush, John Cage (con Robert Wyatt recitando a E.E. Cummings), su fiel acompañante Arca del que pinchó varias piezas, cantos guturales tibetanos y ecos folklóricos de India, Pakistán, África y el mundo árabe… las voces y los idiomas se sucedían sin orden, creando capas de belleza y misterio… Y también nerviosismo entre los más impacientes que pronto se tradujo en un silbido, uno solo, que afortunadamente no fue a más mientras Björk apuraba lentamente sus copas de cava.

La segunda hora relegó las voces a un segundo plano, coqueteó con el R&B más electrónico y empezaron a escucharse beats. Apenas glitches al inicio, pero pronto apareció algún que otro subidón que parecía enfocar la noche hacia el descontrol y el desenfreno instrumental. Pronto puso freno la islandesa, bajando el tempo sin renunciar a los beats más angulosos de sus amigos LFO yuxtapuestos a la kora de Toumani Diabaté y la voz eterna de Oumou Sangaré (“Ah Ndiya”), para poco a poco ir subiendo la intensidad con una gloriosa combinación de nuevo pop digital de todo el globo, de ignotos himnos del mundo en desarrollo (los shazams echaban humo) con desacomplejados temazos de nuestro primer mundo tan egocéntrico con especial predilección por las voces femeninas que invitaban a un baile al que la propia Björk se unió gustosa y tan encantadoramente patosa como siempre que hasta se le cayó el sombrero. Con esos parámetros la elección obvia era M.I.A. (“Bird Flu”) y la islandesa no se cortó y la pinchó para transmitir las ganas de fiesta que tenía.

Con altos y bajos, esa fue ya la tónica hasta el fin de la noche: Brandy, Total Freedom (el joven productor de Miami que quizás estaba entre el público ya que también actuaba en esta edición del Sónar), la veterana vocalista india Usha Uthup fue una de las estrellas con su versión de “I Will Survive”, la pakistaní Abida Parveen por partida doble, el dubstep de Cadenza (“No Drama”), la senegalesa Aby Ngana Diop, el hit tamil “Moda Moda” de la estrella infantil Master Sriam Rosham fueron subiendo la temperatura (ejem) de la noche, que culminó con algo tan noventas como pinchar un mashup (y no fue el único) entre “Smack my Bitch Up” (Prodigy) y “Orinoco Flow” (Enya), Rihanna, Whitney Houston (“How Will I Know”) y la divertida concesión local de acabar con El Guincho (“Bombay”). Muchas canciones, muchos ritmos, muchas pistas desde las que empezar a tirar del hilo y descubrir nuevas fronteras. Después de cuatro horas con Björk, todos podemos decir que la conocemos un poco mejor, que entendemos (o creemos entender) un poco mejor las conexiones y parámetros que ella parece manejar, aunque no tengo ninguna duda de que la próxima vez que se cruce en nuestro camino nos volverá a sorprender. Porque, haga lo que haga, nunca dejará de ser inequívocamente ella. Así, pese ocultar su rostro con vendas, ¿alguien al final de la sesión dudaba de que la autora de todo aquello no había sido otra que Björk?

 

Texto: Half Nelson

Fotos: Santiago Felipe

sonar.es

bjork.com

 

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