Hay dos maneras de escribir una biografía musical. Una pasa por dejar atrás los aspectos escabrosos del protagonista para centrarse en los discos y canciones, en la exactitud histórica y el detalle minucioso. Y la otra consiste en saltar al vacío y sacar a la luz todas las miserias relacionadas con las drogas, el sexo, las envidias y los problemas de dinero. Las memorias de Peter Hook sobre el club del que fue propietario junto a sus compañeros de Factory y New Order, «The Haçienda. Cómo no dirigir un club (Contra, 2019)», pertenecen al segundo grupo.

La escena clubbing de Manchester

A principios de la década de los 80, durante los viajes que realizaban con New Order a Nueva York, Tony Wilson y Rob Gretton descubrieron la floreciente escena de clubes de la ciudad, donde brillaban locales como Paradise Garage o Danceteria. Lugares en los que la música y la atmósfera se fundían con el público de una manera prodigiosa. La avanzadilla de un futuro que se podía tocar con los dedos. Dispuestos a trasladar esa magia a su ciudad, los dos socios decidieron abrir un club propio bajo el paraguas de Factory, el prestigioso sello que compartían con el diseñador Peter Saville y el productor Martin Hannett.

En aquella época, Mánchester no era el mejor lugar del mundo para abrir un club. Gris y sucia, con una industria en descomposición, gobernada por bandas de gánsteres y traficantes, era una ciudad sumida en la depresión. Pero lejos de amilanar a Wilson y Gretton, esa realidad los convenció de que tenían el «deber cívico» de construir un lugar en el que sus vecinos se pudieran reunir y acceder a esa oferta musical. Esa idea de servicio público fue la base sobre la que se construyó The Haçienda, nombre inspirado en el situacionista Ivan Chtcheglov: un negocio ruinoso y megalómano, que siempre antepuso las razones artísticas, románticas o sentimentales a las económicas.

La explosión del acid house

La financiación de aquel agujero negro se sufragaba gracias a los ingresos millonarios de New Order, cuyos miembros sobrevivían con veinte libras a la semana, como Peter Hook se encarga de recordar, repetidas veces, en las páginas de estas memorias. Lo que no consigue explicar el libro es cómo se llegaron a alcanzar semejantes cotas de incompetencia e ineficacia. Antes bien, se trata de una colección de anécdotas y batallitas personales, ordenadas de manera cronológica y aliñadas con memorabilia variada, como el listado de bandas y Dj que actuaron cada temporada, los libros de cuentas y extractos de las surrealistas reuniones de empresa.

Eso sí, quedan las memorias alrededor de conciertos míticos (Einsturzende Neubauten intentando taladrar el pilar central del edificio, John Cale actuando para cuarenta personas, la presentación inglesa de una desconocida Madonna), la vorágine alrededor de Manchester y la explosión del acid house, y los increíbles episodios de violencia que se produjeron cuando las bandas de gánsteres decidieron convertir el club en su particular patio de recreo. Historias que Hook cuenta con bastante sentido del humor y muy pocos pelos en la lengua, y que ayudan a entender las razones por las que The Haçienda permanece en el imaginario colectivo como el mito romántico del club perfecto. Como le gustaba decir a Tony Wilson, «hay gente que hace dinero, otros hacen historia».

 

The Haçienda

editorialcontra.com

Texto: Vidal Romero
Fotografía: Peter Hook por Oscaromi

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