El segundo álbum de Capros, “A esta invitamos nosotros”, pertenece a ese tipo de discos pensados para sudar y soltar adrenalina. No sin mirar a los problemas que puede tener cualquier joven en la actualidad. El cuarteto barcelonés entrega un trabajo de diez canciones que funcionan como una radiografía emocional de una generación atrapada entre el FOMO, las notificaciones y la necesidad urgente de abrazarse en un pogo como terapia colectiva.
El álbum consolida a la banda como una de las propuestas emergentes más sólidas del circuito alternativo nacional. Pero aquí no hay postureo indie ni fuegos artificiales: lo suyo es pop-punk, guitarras sin barniz y letras que golpean de manera directa.
Capros y la búsqueda de la catarsis
Desde el arranque, A esta invitamos nosotros deja claras sus intenciones. ‘Peldanyos’ funciona como carta de presentación acelerada y divertida, mientras que ‘FOMO’ captura con ironía y ansiedad esa sensación de estar perdiéndote algo constantemente. Un grupo con el que es fácil conectar porque sabe soltar las verdades del barquero con gracia y gancho. Hay una urgencia que atraviesa todo el disco. ‘Haters’, ‘Nunca soy yo’ o ‘Nada es suficiente’ conectan con la frustración crónica, el ruido mental y la comparación permanente en tiempos digitales. Sin embargo, lejos de caer en el dramatismo impostado, la banda apuesta por la inmediatez y el gancho melódico. Cada estribillo parece diseñado para ser gritado en colectivo.
Encontramos dicotomías interesantes que definen la idiosincrasia del grupo como es el trallazo punk ‘Cucharada Cerebral’ que describe una noche de farra festivalera en contraposición temática con ‘Joder Juan’, que habla de la depresión con un halo esperanzador. Ambas con melodías infecciosas y narrativa cotidiana. Así crean himnos generacionales. La épica ya no está en los grandes discursos, sino en las pequeñas derrotas compartidas.
Entre la insolencia y la herencia noventera
Si algo define el sonido del disco es su equilibrio entre actitud gamberra y sensibilidad emo noventera. Las guitarras son afiladas pero melódicas, los ritmos contundentes sin resultar saturados. La autoproducción —grabado y mezclado por Jose González en Atlántida Studio (Barcelona), con producción de Mario Patinyo y mastering en Vacuum Mastering— refuerza esa sensación de cercanía y honestidad. Aquí no hay capas innecesarias: todo suena claro, potente y visceral. Se percibe una banda que ha crecido respecto a su debut homónimo de 2024, afinando su identidad sin perder frescura. Capros entiende el estudio como una extensión del local de ensayo, no como un laboratorio frío. El resultado es un disco pensado para el directo. Cada tema parece pedir escenario, luces bajas y público apretado.
Un soplo de aire fresco en la escena indie
Es imposible no trazar paralelismos con bandas como Carolina Durante o Cala Vento. Capros comparte ese nervio juvenil, esa manera de convertir la ansiedad y el desencanto en canciones coreables y ligeramente insolentes. También hay ecos de la espontaneidad melódica de Ginebras, especialmente en la construcción de estribillos luminosos que contrastan con algunas letras agridulces como puede ser ‘Da Igual’ o ‘Nada es Suficiente’
El gamberrismo de Capros tiene ese punto más emocional cuando dejan de lado el sarcasmo y la ironía. Suenan vulnerables pero fuertes y eso marca la diferencia refrescar la escena independiente nacional. Y aquí podemos destacar la reinterpretación guitarrera de ‘DtMF’ de Bad Bunny que hicieron el pasado verano donde esa honestidad se plasma en su sonido, aunque la letra sea de un tercero. El gran mérito del disco es su capacidad para funcionar como espejo sin resultar complaciente. Capros no pretende salvar a nadie, pero sí ofrecer un espacio donde reconocerse. En tiempos de consumo rápido y playlists infinitas, apuestan por canciones que se quedan en la cabeza aunque no quieras.

Capros te invita a lanzarte al pogo
Capros nace en Barcelona de la unión de cuatro amigos: Miguel (voz y guitarras), Lucas (guitarras), Iván (bajo) y Álex (batería). Desde el principio tuvieron claro que su proyecto no iba de sofisticación técnica, sino de conexión directa. Su debut homónimo a finales de 2024 ya apuntaba maneras, especialmente en directo, donde su energía termina de cobrar sentido.
Forman parte de esa nueva hornada de bandas nacionales que entienden la música como experiencia física: sudor, saltos y abrazos con desconocidos. Su identidad se construye desde la amistad, desamor, depresión, fiesta y la frustración pero con una intensidad que transforma lo pequeño en épico y pensado para crecer en comunidad buscando compartir la experiencia. “A esta invitamos nosotros” no es una invitación literal a un gin&tonic. Es una invitación a una obsesión compartida en la que desfogar a través de la música. La decisión es tuya: quedarte mirando o lanzarte al pogo.




